La España del Candy Crush


El escritor y periodista británico George Orwell, en su magnífico libro “Homenaje a Cataluña”, nos cuenta sus experiencias en las milicias del POUM durante la guerra civil. En el transcurso de las páginas de su novela, además de expresar en primera persona los avatares de la guerra y analizar los sucesos que ocurren en el bando republicano y que explican algunas de las claves del fracaso final de la República, se muestra fascinado por España y por el carácter de los españoles. La admiración se muestra a lo largo de diferentes pasajes pero es en el comienzo del libro en el que, para hacer entender al lector cómo funcionan las cosas en España, escribe: “Como regla general, las cosas ocurren demasiado tarde, pero, ocasionalmente -de modo que uno ni siquiera puede confiar en esa costumbre-, acontecen demasiado temprano. Un tren que debe partir a las ocho, normalmente lo hace en cualquier momento entre las nueve y las diez, pero quizá una vez por semana, gracias a algún capricho del maquinista sale a las siete y media”. Además lo hace desde la admiración que le produce el hecho de la libertad que otorga a los españoles no regirse por estrecheces horarias como los “hombres del norte”. Ya se sabe que no hay mejor forma de entender la realidad de un país que viéndolo a través de alguien de fuera que haya estado en ese lugar y, por consiguiente, el sujeto no forma parte del objeto analizado, esa cosa que trae siempre de cabeza a los científicos sociales.

Podríamos decir que se trata de una cierta informalidad o relajación de las normas sociales una de las características hispanas que más llamaron la atención al escritor británico. A ella se pueden añadir la afabilidad, la predisposición a pasarlo bien, la creatividad, sentido del humor… y un largo etcétera de tópicos (muchos prejuiciosos) en los que nos podríamos ver en cierta manera representados. Pero por encima de todos ellos yo destacaría el carácter conservador de los españoles.

La historia de España es una buena muestra de ese carácter conservador. En esta historia, en comparación con otros países, sólo han existido momentos puntuales revolucionarios que han sido la excepción de un devenir marcado por una estabilidad de sus principales poderes e instituciones. Aquí nada se mueve. Sólo así se explica el poder y la tradición existente de la religión católica o la monarquía. Algo que define perfectamente lo que trato de expresar es que este país, para acabar con una dictadura, tuvo que esperar a que el dictador muriera. Si siguiera vivo no duden que seguiríamos bajo su yugo (y flechas).

Sobre ese carácter conservador se pusieron las bases de la transición, como puede observarse en los preceptos constitucionales que no fueron capaces de solucionar algunos problemas capitales que hoy plantean serios debates como la forma de gobierno o la cuestión territorial, en el diseño del sistema electoral que configura el modelo (bi) partidista o en la inexistente separación efectiva de los poderes del Estado. Ese “que todo cambie para que nada cambielampedusiano fue el principal leitmotiv de la transición.

También sobre ese carácter conservador se ha edificado un sistema social y político al que la clase dirigente, el poder, ha sabido sacarle el máximo partido. Ese conservadurismo que aboga por el “mejor quedarnos como estamos antes que lo que venga sea peor”, cuando se traslada al ámbito de la cultura democrática, ha avanzado hacia un inacción ante los problemas, una falta de exigencia, de asunción de responsabilidades y un pasotismo desafectivo en grado extremo. Y esto es conocido por nuestros dirigentes, que lo aprovechan en su propio beneficio. Solamente así podríamos entender:

• Un país en el que todos los tesoreros en la historia del partido en el Gobierno estén imputados… y no pase nada.
• Un país en el que planea la sombra de la financiación ilegal del partido del Gobierno… y no pase nada.
• Un país en el que el partido en el Gobierno pague la remodelación de su sede en dinero negro… y no pase nada.
• Un país en el que el Presidente del Gobierno mande afectuosos SMS a un tesorero imputado, mientras que se dirige a sus ciudadanos desde una pantalla de plasma… y no pase nada.
• Un país en el que el Presidente de una Comunidad Autónoma, siendo entonces senador, pague con el dinero de todos los ciudadanos viajes para ver a su novia… y no pase nada.
• Un país en el que los diputados perciban dietas de 1800 €/mes porque han sido elegidos por otra circunscripción electoral distinta a Madrid, aunque tengan casa allí… y no pase nada.
• Un país en el que se deja morir a los enfermos de hepatitis C porque su tratamiento resulta caro… y no pasa nada.
• Un país donde millones de españoles en paro no reciben ningún tipo de ingreso… y no pase nada.
• Un país en el que se desahucian a miles de personas mientras se paga con dinero público un rescate bancario que hipoteca el futuro de varias generaciones… y no pase nada.
• Un país donde miles de dependientes esperan años para recibir su prestación debido a los recortes, mientras se mantienen coches oficiales y otras prebendas… y no pase nada.
• Un país donde se privatizan los servicios públicos al ritmo del capitalismo de amiguetes que practica la derecha en el poder, mientras aumentan los impuestos y copagos… y no pase nada.
• Un país en el que los ex-políticos colapsan los consejos de administración de empresas energéticas cobrando cifras multimillonarias, mientras sube la factura de la luz de forma desorbitada a los ciudadanos… y no pase nada.
• Un país en el que se ponen las instituciones del Gobierno al servicio de la Casa Real para que una infanta no pase por el banquillo de un tribunal… y no pase nada.
• Un país en el que pillan a la vicepresidenta del congreso jugando al Candy Crush (o Frozen) con su tablet (pagada por todos los ciudadanos) mientras ocupa la presidencia (tercera institución del Estado) en el turno de palabra del Presidente de Gobierno durante el Debate del Estado de la Nación. Y al ser preguntada al respecto mienta, no dé explicaciones o, directamente dimita… y no pase nada.

Todas estas situaciones ponen de manifiesto la señalada inacción de la ciudadanía , pero sobre todo describen la soberbia y falta de ética y empatía de nuestros dirigentes.

Pero esta situación ha cambiado. Ahora los ciudadanos exigen una nueva forma de hacer política y gobernar. Se reclaman mayor democracia, transparencia y participación ciudadana. Así lo demuestran todos los sondeos y encuestas realizados en los últimos meses. Estamos en uno de esos momentos puntuales en la historia de este país en el que parece posible hacer las cosas de manera distinta. Los dirigentes actuales no han sabido leer esta nueva realidad y siguen con las déspotas maneras y formas antiguas. Éstas podrían valer quizás para la España que descubrió Orwell, pero no en la España actual, donde el Candy Crush de Celia Villalobos no tiene cabida.

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6 comentarios en “La España del Candy Crush

  1. Te olvidas de “Un país en los que el Ministerio de Justicia recauda 500 millones de € en tasas judiciales ,no sabe donde están y no pasa nada”

  2. Un país conservador y, sin embargo, con ideología mayoritaria de izquierdas, como demuestran los resultados electorales de la monarquía parlamentaria….un país de contradicciones el nuestro…y gracias a que nos lo explican los de fuera.

    1. R gracias por e comentario. Conservador en el sentido de mantener el status quo. No obstante, aunque en todas las encuestas sale como opción mayoritaria el centroizquierda se trata de una percepción subjetiva de un posicionamiento ideológico, no es precisamente lo real. Es donde se consideran ubicados los encuestados, no donde se encuentran realmente. Basta hablar con personas que se consideran de izquierdas y darse cuenta de que su discurso dista bastante de serlo. Un saludo

  3. Desconfío de esa actitud hacia una nueva forma de hacer política. Coincidiendo contigo en la idea de una sociedad española conservadora en el sentido de temer siempre al cambio, lo que incluye también a la mayoría de izquierda de la sociedad, es eso lo que me hace desconfiar de las verdaderas motivaciones hacia el cambio en la forma de hacer política. Somos impulsivos e impacientes; el cambio necesita de una concienciación sólida y de decisión para que no se desmórone por los temblores de los nervios de la impaciencia o bien, sólo se aplique una pequeña capa de maquillaje para que finalmente todo quede igual. Espero y deseo equivocarme.

    1. Totalmente de acuerdo Eugenio. No hablo de las opciones que se erigen como actores del cambio. Los instrumentos de cambio, como se consolidan y la concienciación como base real de transformación da para otro extenso debate. Sólo digo la existencia de la posibilidad actual de realizar ese cambio, nunca el sistema actual mostró tantos síntomas de agotamiento. Un saludo

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