Condicionando, pero flojito


Si un acuerdo es un punto de encuentro entre dos posturas distantes en mayor o menor medida, para que esa intersección de puntos de vista se produzca en un terreno más próximo a nuestros intereses deben ponderarse tanto la posición de fuerza o debilidad en la que se encuentra la otra parte como en la que está uno mismo.

Teniendo esta premisa en consideración, podría parecer que el punto de partida del PP, con sólo 137 diputados y necesitando, por tanto, 39 apoyos más para la investidura de Rajoy, no era el de mayor fuerza posible a la hora de negociar nada. Eso pretendía dar a entender Ciudadanos al presentar 6 condiciones INNEGOCIABLES y que debían ser aceptadas, sí o sí, por Rajoy para comenzar a negociar. La rotundidad de Rivera en su exposición podría hacer creer a los más ingenuos que Ciudadanos aprovechaba esa situación de debilidad y necesidad de apoyos parlamentarios del PP para imponer una posición dominante en un posible escenario de negociación. Esa posibilidad se esfumó en el momento en el que se hicieron públicas las medidas, de las cuales 3 no dependen exclusivamente del PP y otras pueden realizarse sin tener su apoyo, sin tratarse, además, de propuestas concretas de calado socioeconómico que promuevan algún cambio real en la vida de los ciudadanos.

Ante las exigencias de Rivera, Rajoy respondió como se esperaba. No haciendo nada. Como en el final de la película “Juegos de Guerra” cuando Joshua, la computadora, afirma: “Extraño juego, el único movimiento para ganar es no jugar”. Ese es el juego de Rajoy, dejar hacer. Con un simplismo y modos naif que muchos pretenden revestir de inteligencia, al modo del personaje de Peter Seller (Chauncey Gardiner) en Bienvenido Mr. Chance (Adaptación de la novela “Desde el Jardín“, de Jerry Kosinski), pero con un cinismo y desprecio absoluto a los ciudadanos le ganó la partida a un Rivera al que le puede su pretensión de grandeur política y necesidad de presentarse como Hombre de Estado, incapaz de estar lejos del foco mediático y más preocupado de ser el niño en la comunión y el muerto en el entierro, que por condicionar realmente al Partido Popular. Retorciendo la legalidad hasta límites hasta ahora desconocidos en nuestra democracia, y con el inadmisible compadreo de la tercera institución del Estado (la Presidencia del Congreso), Rajoy tiene ahora la partida justo donde a él le gusta. Dejando hacer a los demás, que la atención sea para otros y que los medios y periodistas afines hagan su trabajo, presionando y responsabilizando de manera irremediable a sus adversarios políticos, allanando así su camino hacia la presidencia.

Desde la acción-inacción de Rajoy, lo que se ha podido ver es que las condiciones de Rivera no eran tan innegociables, que son matizables, que la experiencia es un grado a estos niveles y que, en definitiva, lo que se ha iniciado es simplemente el camino necesario por el que debe transitar Ciudadanos para construir el relato que justifique, finalmente, el posible apoyo sin paliativos que dará Rivera y los suyos a la investidura, y posterior Gobierno, de Rajoy. Sólo así se pueden explicar los cambios que se están produciendo en el postureo de Ciudadanos en estas negociaciones. Muchos de estos cambios atentan a la inteligencia de la gente, como el caso de la “definición” de corrupción política que quieren aplicar a sus medidas de regeneración. Para el partido de Rivera, ahora corrupción política sólo se puede aplicar a aquellos casos en los que el político “meta la mano en la caja”, en el resto estaríamos hablando de “malas praxis” y, por consiguiente, no conllevarían la dimisión del político imputado en los mismos. No hace falta decir que esta redefinición va contra todo lo que ha defendido Ciudadanos hasta esta misma mañana, sino que supone una visión limitada, reduccionista y peligrosa de lo que significa la corrupción política. Si Rajoy retuerce la legalidad en propio beneficio, aquí se quiere retorcer el lenguaje para resignificarlo a conveniencia partidista. Una resignificación que sea capaz de soportar una opinión y la contraria, propio del doblepensar Orwelliano. Regenerando, pero dejando todo como está; acabando con la corrupción, pero negociando la formación de gobierno con el único partido imputado por corrupción; condicionando, pero sin hacerlo.

Rivera escenificó un órdago que sabía perdido de antemano, pretendiendo hacernos creer que realmente estaba jugando la partida. La verdad es que, si Rajoy precisa de los votos de Ciudadanos, más necesita Rivera que no se produzcan nuevas elecciones. Es decir, o hizo una lectura equivocada de su posición de fuerza o todo esto es una ficción guionizada, un paripé, y simplemente estamos viviendo la teatralización de dos partidos que parecen más pendiente de sus intereses partidistas que de los problemas de los ciudadanos. Ni que decir tiene que la segunda opción parece más plausible. Porque, al fin y al cabo, no existen diferencias entre los intereses de Ciudadanos y el PP. Se trata de dos partidos de derechas que tienen claro lo que deben hacer, y entre bomberos no se pisan la manguera. Tienen claro la clase a la que representan. Y lo hacen, lógicamente, negando la existencia de la lucha de clases, pero teniendo claro cuáles son los intereses de la clase que defienden. Y eso no se negocia.

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