El dilema del PSOE


Han pasado ya unos días desde el sainete ocurrido en Ferraz y que tuvo como colofón la dimisión de Pedro Sánchez y la creación de una gestora. Desde entonces, parece que las posiciones en el PSOE van aclarándose. Las declaraciones del presidente de la gestora, Javier Fernández, y de destacados miembros del partido sólo apuntan en la dirección de evitar unas terceras elecciones y, por consiguiente, permitir, de alguna de las maneras posibles, un gobierno de Rajoy en minoría que deba someterse a un estricto control parlamentario por parte de los grupos que conforman la oposición y que el PSOE pretende liderar. Al menos eso es la idea.

Para poder llegar a esa situación, en estos días estamos en los pasos que construyen el relato que justifican el cambio de postura del PSOE para transitar del anterior NO es NO tajante a permitir el gobierno del partido político del que pretende ser (y ha sido) alternativa. Los argumentos ofrecidos en la construcción de ese relato son variados: la abstención es algo inexcusable ya que en política hay que elegir a veces entre el mal menor, las terceras elecciones son un desastre que nadie quiere; la responsabilidad del PSOE que antepone los intereses del país por encima de los suyos propios; ir a terceras elecciones suponen un fracaso que no comprenderían los ciudadanos y que afecta a la legitimidad del propio sistema…etc.

Y hasta aquí lo obvio.

La realidad es que en lo acontecido en el PSOE se mezcla la lucha interior de dos espacios que están estrechamente vinculados. Por un lado, hay una lucha evidente por el liderazgo del partido entre Sánchez y su grupo de afines y un sector identificado de notables y barones del partido liderado por Susana Díaz. Por otro, existe una división profunda y cardinal en dos grupos en relación al sentido de la decisión que debe tomar el partido socialista respecto a la formación de gobierno en España (favorecer la investidura de Rajoy o buscar otras fórmulas alternativas) cuyas posiciones están representadas en los grupos en pugna por el liderazgo. Las motivaciones de unos son seguir manteniendo y consolidando el poder que ahora tienen y las de los otros pasan por acceder a él, aunque sea tomando el cielo de Ferraz por asalto. Es decir, lo que hay es una mera lucha por el poder. El poder orgánico del partido. Y, sobre todo, el control que de él emana. Porque, tal como están diseñadas las estructuras internas de los partidos, tener el control orgánico supone poseer la capacidad máxima de influencia en el poder que de él se deriva, el de los cargos representativos e institucionales. Y viceversa.

Finalmente, y tras ciertos momentos de bochorno según se ha sabido por los medios, el grupo partidario de la abstención se ha hecho con el mando del Partido. Pero una vez conseguido el poder no sólo basta con haberlo obtenido, sino que además se debe buscar la legitimidad en su conquista y la justificación apropiada ante los militantes del contradictorio giro copernicano que supone permitir la investidura de Rajoy. La legitimidad la encontraron en la creación de la gestora tras una votación, en la que quedó en evidencia la pérdida de confianza del Comité Federal hacia el Secretario General y por la que se ve obligado a dimitir, después de diversas acciones que retorcían las normas contenidas en los estatutos del partido. La elaboración de la justificación la encontramos en la creación de una ficción que podría ser incluida en las estrategias de manipulación mediática descritas por Chomsky. La de crear problemas y después ofrecer soluciones a los mismos, también llamada “problema-reacción-solución”. Es decir, crearon un problema identificando la figura del Secretario General y su tajante postura política del NO categórico a Rajoy como algo insostenible y, en última instancia, dañino para los intereses electorales del PSOE (cuando éste se dedicaba exclusivamente a mantener la posición política del partido aprobada en un Comité Federal) con el objetivo de provocar una reacción en su contra entre sus potenciales votantes y militantes que justificara la sublevación de parte del Comité Federal ante esta situación para que, en última instancia, se aceptaran las medidas que tomarían para poner fin a ese problema, esto es la destitución de Pedro Sánchez y transitar hacia la abstención en la investidura de Rajoy. Todo el proceso debidamente apoyado por los grupos mediáticos para poder incidir a su favor en la opinión pública. Esa parece ser la decisión final, abstenerse para facilitar un gobierno del Partido Popular. A continuación debe revestirse de aceptable esta “solución”, que además se aproveche como elemento que se utilice para coser internamente el partido. Y aquí es donde están encontrando más problemas de los previstos.

Visto lo ocurrido, se puede afirmar que esta estrategia adolecía de otros factores que no vieron o contemplaron los que apoyaron el “golpe”:

En primer lugar no midieron la fuerza y posición de las bases socialistas (y de algunas importantes agrupaciones territoriales). Por un lado, las triquiñuelas previas a la toma del poder se han identificado por gran parte de la opinión pública, y sus simpatizantes y militantes, como una especie de sublevación de unos barones más preocupados en sus juegos de tronos que defender los compromisos para los electores. Han conseguido una fuerte identificación entre Pedro Sánchez y la militancia con una fuerza que previamente no existía, mientras que Susana Díaz y sus acólitos parecen un grupo de políticos profesionales ocupados estrictamente de sus asuntos y alejados de la realidad de los ciudadanos, con toda la carga de negatividad que esto supone en la España post 15m. Por otro, esta militancia no acepta el cambio en la posición del PSOE y está lejos de mantener una postura de distanciamiento y desidia hacia lo que decidan sus dirigentes sin más. Eso podría valer en otros tiempos, ahora las bases socialistas exigen que se las tengan en cuenta en las decisiones de gran calado que se deban tomar, como demuestra las distintas iniciativas y movilizaciones que han articulado los militantes contra la abstención, como la que está siendo liderada por el alcalde de Jun, José Antonio Rodríguez y a la que cada día se adhieren nuevos socialistas como Borrell o Tapias.

En segundo lugar, falla la propia construcción de un relato que tiene contradicciones irresolubles. El partido no puede abstenerse o facilitar el gobierno de Rajoy de la manera que sea y al mismo tiempo querer presentarse como oposición a ese gobierno (se manejan diferentes fórmulas y la que últimamente suena con más fuerza es la de mantener el NO en bloque hasta la segunda votación en la que se ausentarían 11 diputados). Aceptar a Rajoy sería dejar en evidencia uno de los mantras que tanto calaron entre los ciudadanos que afirmaba que PP y PSOE son lo mismo, porque supondría poner de manifiesto que la alternativa electoral y política del PSOE ya no es un cambio respecto al PP. Además, decir que un PP en minoría estaría maniatado es una verdad a medias, dado el carácter constructivo de la moción de censura en nuestro sistema político, y que dificulta el derrocamiento de gobiernos, y los estrechos márgenes en los que podrá manejarse un PSOE con poca capacidad de influencia parlamentaria. Este último hecho sería consecuencia de quedar en las manos del PP que aprovecharía la debilidad de un PSOE en pleno proceso de reconstrucción y que siempre tendría sobre su cabeza la amenaza de posibles elecciones a las que tanto temen.

Y, por último, se trata de una cuestión ética, de coherencia y de credibilidad. Estos factores podrían pasarse por alto en otro momento pero no en el actual. En estos momentos los políticos son vistos como el segundo problema más importante de España según el último barómetro del CIS. Atender a la palabra dada en campaña electoral y actuar en consecuencia es un valor en estos tiempos de vacuidad y política tramposa que tanto asquea a los ciudadanos. Así se han manifestado, valientemente, voces de diputadas socialistas como Susana Sumelzo o Margarita Robles que mantienen su NO a Rajoy en contra de la posición que apunta la gestora. Querer hacer ver que se está pensando en los intereses del país al favorecer un gobierno del PP porque es mejor que ir a terceras elecciones es falso. Es previsiblemente peor de cara a unos posibles resultados electorales del PSOE, pero no se puede afirmar que lo mejor, o menos malo, para España sea que el PP de los recortes sociales, la desigualdad social y la corrupción gobierne nuevamente. Es cierto que el PP podría subir electoralmente en unas terceras elecciones, pero esa circunstancia no será porque el PSOE se abstenga o no, sino por su actual propia incapacidad para construir una alternativa que ilusione a los ciudadanos. La decisión sería una cuestión de pragmatismo electoral y partidista, de preferir conservar un mayor poder representativo (aunque sea estéril) que favorezca una reestructuración acorde a los nuevos pesos de poder que están configurando el control orgánico, pero no puede presentarse como un argumento ético en términos dicotómicos de bondad o maldad, cuando se refieren a la posibilidad menos mala para el país. No. Es la posición que más favorece a los que intentan ejercer el control del partido. Se trata de una cuestión partidista e interna.

¿Qué pasara finalmente? Difícilmente se puede pronosticar nada en el partido socialista actual. El dilema es tremendamente complicado. Ninguna opción es buena ni para el propio PSOE ni para el propio país, si se dan por buenos los resultados de los sondeos electorales. Debe elegir entre susto o muerte. Mirar a corto o largo plazo. Pensar en términos de modelo de partido que pretenden construir: uno a la sombra del PP, anclado en el pasado y edificado sobre estructuras de redes clientelares que configuran un fuerte poder interno de baronías; otro con mayor presencia decisoria de las bases e ideologizado. Ser pragmáticos o actuar de manera ética y responsable. Coser o unir. Lo que nadie podrá evitar ya es la imagen que ha dado el partido durante este proceso y que difícilmente puede revertirse. La solución la tendremos en los próximos días, está en manos del propio PSOE y sus militantes.

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