El discurso del odio


Afirmaba Atticus Finch que “nunca llegarás a comprender a una persona hasta que no veas las cosas desde su punto de vista (…), hasta que no logres meterte en su piel y sentirte cómodamente”. Me viene merodeando por la cabeza esta frase de Matar a un ruiseñor en el transcurso de estos días en los que vivimos azotados por la barbarie de la sinrazón del terrorismo y la proliferación de comentarios y memes demagógicos, racistas y xenófobos que se han publicados en redes y medios tras los atentados de las Ramblas de Barcelona. No son tiempos en los que se admitan sutilezas, pero en la sencillez, que no simplicidad, de esa frase se encuentran varias claves que no deberíamos pasar por alto.

Hoy día te pueden tachar de mojigato o ingenuo si hablas de empatía, la capacidad de sentir lo ajeno como algo propio, que es la base sobre la que se edifica el concepto de solidaridad: un elemento de relación horizontal, de respeto y reconocimiento del otro en igualdad de condiciones y que es pilar necesario para construir una idea mayor que va de lo individual a lo social, la justicia. Además, existe la necesidad de conocer lo ajeno para poder comprenderlo, es decir, el conocimiento como sujeto desmitificador del otro, desmontador de miedos y prejuicios.

Simplificando, eso es lo que estamos viendo en las pantallas de nuestros ordenadores, móviles y televisiones. Existe una falta de empatía, de compresión y conocimiento de lo que nos rodea que lleva a conclusiones disparatadas y, esto es lo delicado, fascistas que buscan un objetivo político. Una deriva que se ve multiplicado por el miedo. Ya se sabe que no existe un instrumento político más potente que el miedo. Pero no nos llevemos las manos a la cabeza ahora, porque lo que está pasando no es nuevo, ni nació ayer, sino que es el resultado de un proceso que viene de lejos.

Recuerdo que en la universidad, en la asignatura “Historia de las ideas y de las formas políticas”, tenía un profesor que repetía de manera constante que nunca debíamos olvidar que las ideas siempre preceden a los hechos (me encantan las frases obvias que dicen más de lo que parecen). Es en el ámbito de las ideas en el que se está perdiendo la batalla. Hace años nadie cuestionaba la defensa de los derechos humanos, de la libertad e igualdad de las personas, el respeto, la tolerancia, la riqueza de la diversidad cultural o la necesidad de justicia social como valores que nos unían como sociedad. En la actualidad eso ha cambiado, los que antes defendían opiniones contrarias estaban agazapados, bajaban la cabeza, sus ideas eran residuales, estaban mal vistas y sólo eran un reducto social ínfimo. Hoy, por el contrario, no sólo sacan pecho sino que acusan al resto que no las comparte de buenistas, trasnochados o, en el peor de los casos, incluso de ser partidario del horror. Gozan de aceptación social y se otorgan una superioridad moral rancia con olor a naftalina falsamente renovada por imágenes y logos pop. Se está llegando al paroxismo de tener que ir condenando y justificando públicamente las opiniones de cualquiera ante algo tan obvio como estar del lado de las víctimas y no de los verdugos. Se está creando una nueva hegemonía cultural, un nuevo sentido común construido por prejuicios, ideas racistas, xenófobas y fascistas.

Ese es el problema. Porque el fascismo es una ideología latente, que nunca desaparece del todo, que aparece normalmente en momentos de crisis económicas, pero también en graves momentos de dificultades sociales y políticas. Que el fascismo forme parte de la sociedad, no como algo residual sino como un horizonte en el que los ciudadanos compren sus argumentos discriminatorios y racistas,es un camino peligroso. Entras en las redes sociales y parece que, de pronto, el discurso del odio, demagógicamente patriota, que envuelve celosamente la perorata fascista se ha apropiado de la gente que conoces. Y son tus vecinos, con los que te cruzas por la escalera, tus compañeros de trabajo, con los estás todos los días codo con codo, tus amigos o pareja, los que te conocen y con quiénes compartes tu vida, y tus familiares, los que te quieren, los que difunden unas soflamas que jamás creerías. Y, además, lo hacen de forma exacerbada, estableciendo causalidades y correlaciones sin sentido cuya única argumentación se basa en un fanatismo desproporcionado e irracional. No importa la verdad ni preguntar por la raíz de los problemas porque no se busca el debate de ideas sino su imposición. Razón y fascismo son términos que no pueden ir juntos. Nada más dogmático que un necio motivado, sus prejuicios lo aguantan todo.

Todo esto se ve multiplicado por la labor de unos medios de comunicación propagandísticos que tratan desigualmente la información ayudando a fomentar una ignorancia que acrecientan los prejuicios y el odio. Con la información sucede como en política, la equidistancia no es el centro, ni el centro es la virtud, sino que supone tomar partido por una parte determinada y nuestros medios lo han hecho. Han tratado de la misma manera a fascistas y antifascistas, dando pábulo en medios a nazis por su “labor social para españoles”, banalizado el terrorismo para acusar del mismo a cualquier tipo de manifestación contraria a sus intereses, promovido titulares xenófobos que acentúan la raza o religión de los protagonistas en algo que no incide en el contenido de la noticia, difundido informaciones erróneas sobre supuestos beneficios sociales que se otorgan a inmigrantes por el mero hecho de serlos o, en el peor de los casos, han publicado noticias falsas que atentan contra el mínimo de ética periodística necesario para ejercer la profesión. Y todo eso crece exponencialmente en la guerra de ruido en las redes sociales, en las que aparecen mensajes miserables, datos descontextualizados, verdades a medias y mentiras que se difunden como verdad y calan en la sociedad. Decía Galeano que la televisión es la realidad, nada ocurre si la televisión no lo muestra. Esa realidad ha cambiado, ahora es también lo que aparece en Facebook o Twitter.

Por otro lado, nuestros políticos intentan instrumentalizar como pueden el horror de forma rastrera y partidistas. Utilizan palabras de brocha gorda y patrioteras, de reminiscencias pasadas como cruzadas, guerra contra occidente…etc. La izquierda mira perpleja sin saber dar soluciones a una guerra ideológica que pierde por minutos mientras la derecha se fuma un puro y va dejando sacar, poco a poco, lo peor de su discurso ideológico. Cuando llegue el día que nos encontremos con un fenómeno tipo Trump, Le Penn, Nigel Farage o aparezca con fuerza un partido como Amanecer Dorado no pienses que son unos locos que desvarían sino que habrán llegado aquí para quedarse. Están aprovechando eficazmente la ignorancia y el rechazo que suscitan los atentados terroristas, la inmigración o, simplemente, lo diferente para mezclarlo todo en un coctel de elementos que no tienen conexión entre sí pero que construye un espacio de lugares comunes que fomentan el odio, que es su caldo de cultivo, desarrollo y permanencia. Ha crecido la intolerancia y hemos estado mirando para otro lado. Ahí sí hemos sido buenistas, porque no se puede ser tolerante con la intolerancia.

Mientras tanto uno sigue angustiado por un mundo que ha iniciado un viaje hacia un destino al que no quiere ir. Sólo quedan como opciones convertirse al nuevo sentido común fascista, agachar y callar (por aquello de la poscensura, que no es sino el paso previo para abrazar el nuevo discurso dominante) o, por el contrario, seguir adelante mostrando nuestros principios, presentando batalla cada vez que insinúen cualquier cosa que no has dicho, afirmándonos frente a la mentira y la injusticia. Hay estar preparados porque en los tiempos de los memes, la posverdad y los tertulianos apesebrados, la sutileza no tiene cabida, como he dicho. No obstante, si esta última opción es la tuya, haz como dice Atticus y no olvides nunca ponerte en los zapatos del otro, camina con ellos y siéntete cómodo, compréndelo, siéntelo, conócelo e incluso llega a amarlo para, desde allí, tratar de construir una sociedad mejor, le pese a quién le pese.

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