El Gobierno de Pedro Sánchez y el “Efecto Animadoras”


El machista, egocéntrico y, a pesar de todo, irresistible Barney Stinson hablaba a sus compañeros en un episodio de How met your mother sobre lo que denominaba “el efecto animadoras”. En palabras del propio personaje “El efecto animadoras se produce cuando un grupo de chicas parecen estar buenas pero sólo en grupo. Igual que las animadoras parecen que están buenas pero si las coges individualmente son horrendas”. Es decir, eliminando la mirada machista de Barney, se trataría de un efecto que se produce cuando los sujetos (hombres o mujeres) son más atractivos cuando se observan colectivamente que si se hace de manera individual.

Algo así ocurre cuando uno analiza el Gobierno nombrado por Pedro Sánchez. Se trata de un Gobierno que si se mira de manera global se obtiene una apreciación distinta de que si se hace observando a sus componentes uno a uno. Sin duda la imagen del Gobierno es muy potente; la mayor presencia femenina ofrece una frescura inusual en la historia de España; el fuerte carácter técnico-político nos habla de un Gobierno pensado para afrontar los dos años que quedan de legislatura con garantías; y la modernidad que desprende respecto a otros Gabinetes anteriores asusta. En su composición ha sido capaz de jugar con diferentes barajas a distintos niveles. Este Consejo de Ministras hace atractivos guiños de manera individual a colectivos de diferentes sectores que tienen desiguales intereses entre sí y que parecen tener un difícil encaje de forma colegiada. Ofrece una propuesta que parece prometer soluciones conjuntas que se basan más en la propia imagen que desprende que en el discurso político que plantea. El triunfo del marketing político nos brinda un Gobierno elegante, de aspecto aseado, con olor a perfume de cierto caché, innovador, con look de solvencia, renovado, con aires de consagración y triunfo de la sociedad meritocrática e ínfulas de ejecutivo guay. Parece impecable. Aunque lo realmente interesante está en la imagen que devuelve. Frente a esta representación de una marca España moderna, de aspecto dinámico y saludable, a la derecha le queda, por un lado, el PP de las viejas glorias de mantilla de corpus christis y caballeros legionarios cantantes de novios de la muerte y, por otro, un Albert Rivera perdido al que su otrora moderno traje de firma de pronto despierta tristeza y una figura viejuna de olor a naftalina. A la izquierda aparece un Podemos descolocado que recuerda a pañuelos palestinos, puños en alto y chaquetas de pana raídas.

Sánchez lo ha vuelto a hacer. El convencido socioliberal que se ungió en el discurso de izquierda de las bases socialistas con el #NoEsNo cuando intentaron defenestrarlo, y que se apoyó en la izquierda parlamentaria para echar a Rajoy, aparece ahora con un Consejo de Ministras que (casi) podría haberlo firmado el propio Rivera. Con libertad orgánica para organizarlo por sí mismo, y contando con un spin doctor de moda (Iván Redondo) con plenos poderes, el nuevo y renacido (por enésima vez) Presidente no ha apostado por la opción portuguesa sino que ha puesto su mirada en Macron, Trudeau o el defenestrado Renzi con el objetivo al fondo de afrontar con fuerza las siguientes elecciones. El discurso del Gobierno aupado por independentistas que quieren romper España, terroristas y la izquierda del Congreso, ha dejado de tener sentido en el minuto uno y ya no pueden usarlo contra Sánchez. Por el contrario, ha dotado su Gabinete de un liberalismo económico y europeísta (Calviño), con nombramientos que no fueron recibidos con especial felicidad por los nacionalistas (Borrel, Grande Marlaska) mientras mantiene, al mismo tiempo otros de tono más dialogantes en el escenario catalán (Meritxel Batet), con gestos feministas (Ministerio de Igualdad) y que apuntan a concesiones sociales. Sabe dónde juega electoralmente. Busca por un lado, en el eje territorial y económico-europeo, el caladero de electores de centro derecha que dejando a un lado tanto a Ciudadanos como al PP peleándose entre ellos por un nicho electoral más reducido y extremo. Por otro, hay un reconocimiento al movimiento feminista del 8 de marzo y nombres que, seguramente, serán bienvenidos por movimientos sociales como la marea blanca (Carmen Montón defensora de la sanidad universal y pública) o los sindicatos (Valerio), delimitando la línea divisoria del centro izquierda y dejando libre todo el flanco izquierdo a Podemos en un espacio por el que no presentará batalla.

En definitiva, el nuevo Gobierno de Pedro Sánchez busca presentarse a las siguientes elecciones generales con opciones de ganar. Para ello quiere ensanchar su base electoral tratando de hacerse con el centro político mientras arrincona al resto de partidos en ambos extremos ideológicos. Se observan esfuerzos por respetar algunos aspectos que son clave en el actual debate social y, sobre todo, por fomentar una imagen tecnócrata, de eficacia y prestigio en el que hay referencias para que estén contentos los mercados (ya lo han bendecido Patricia Botín y los principales medios), Europa o los defensores de la unidad territorial de España. Pero, como dice MonederoSolo hay una gran ausencia: ¿quién es en este gobierno la referencia de izquierda?”. Si alguien esperaba un Ejecutivo de izquierdas es que no conoce a Sánchez. El marketing aplicado a la política la entiende como un producto, algo que debe venderse, como una marca por encima de lo sustancial. Y así ocurre con el Gobierno de Sánchez cuando se le acerca la lupa un poco: ciertamente vacío, pretendidamente desideologizado (¿?) pero con un aspecto grupal vigoroso, colectivamente envidiable y moderno que esconde en su interior problemas y contradicciones que difícilmente podrían pasar el filtro de su análisis individual. Como en el caso de las animadoras, mejor su imagen de grupo, que diría nuestro Barney.

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