El momento de la trama


La casta fue uno de los conceptos fundamentales en la construcción del enmarcado político-discursivo de Podemos en sus mocedades preinstitucionales. La idea era simple: la existencia de unos dirigentes, ellos, que llevan décadas apoltronados entre sillones y moquetas, y que se encuentran más preocupados en proteger sus propios intereses que los de la mayoría, nosotros los ciudadanos. Sobre ella, se construye todo un discurso que coloca a Podemos en el centro del tablero partidista otorgándole un protagonismo que se refrenda electoralmente con más de 5 millones de votos y el gobierno en algunas de las ciudades más importantes de España.

Una vez pasado el periodo de efervescencia electoral, de consolidación del proyecto político, de estabilizar el partido a nivel interno con momentos intensas luchas de poder y de la renovación de sus cuadros tras Vistalegre II, Podemos revisa su enmarcado comunicativo y pone sobre la mesa un nuevo concepto sobre el que construir su discurso ahora desde las instituciones. Así, han lanzado “la trama” como una profundización en el concepto de casta. Si la casta era una élite política extractiva despreocupada de las necesidades de los ciudadanos, la trama propone la existencia de una estructura corrupta de empresarios, políticos y medios de comunicación que es la que ostentaría el verdadero poder. De esta manera, si la casta se centra en los corruptos, la trama abarcaría también a los corruptores y sus propagandistas mediáticos que la legitiman.

A priori, puede parecer difícil que un concepto como la trama cuaje política y socialmente al nivel que lo hizo la casta. Es un término más complejo, desde su propia definición, que necesita de algo más que una mera frase para ser explicado (y que se entienda). Además, la casta se define como algo sustantivo, señala a un grupo determinado de personas de forma clara y sin sutilezas, pero la trama define un sistema como proceso permanente de conservación del poder basado en las relaciones y vinculaciones de sus miembros, que desempeñarían roles diferenciados en la estructura que configura esa red corrupta. La primera es directa y asimilable sin mucho esfuerzo, la segunda requiere pausa y reflexión. Por otro lado, la trama corre el riesgo de ser presa de la crítica fácil y aparecer como una idea de la que mofarse al ser señalada como la típica conspiranoia que correlaciona hechos sin causa justificada y dibuja una realidad difícilmente sostenible con los argumentos que propone.

A pesar de esas dificultades, que una idea cuaje o no depende, no sólo de su capacidad como metáfora discursiva para describir una realidad determinada, sino que esa misma realidad le sea propicia. Es decir, que el momento sea el adecuado y que la hipótesis que propone la idea se contraste como verdadera con los hechos actuales de la vida política. Y en esto, fruto o no de la casualidad temporal, ha habido un acierto pleno.

De esta manera, cuando somos testigos de cómo, supuestamente, empresarios corruptores pagaban comisiones a partidos que financiaban así sus campañas electorales y luego devolvían el favor otorgando contrataciones de servicios y obras públicas millonarias o recibiendo indemnizaciones millonarias cuando el negocio les salía mal; cuando hemos visto cómo se privatizaban empresas públicas mientras los políticos que las gestionaban incrementaban desproporcionalmente sus patrimonios ilícitamente; cuando se descubre cómo desde la justicia se interfiere con chivatazos a corruptos o, a través de la fiscalía anticorrupción, se dificultan operaciones policiales; cuando se aprecia cómo medios de comunicación se convierten en mera propaganda del partido en el poder e intentan ejercer su capacidad de influencia para tapar sus asuntos sucios y corruptelas, redactar noticias de difícil credibilidad para defender sus intereses empresariales o interferir en la dinámica interna de un partido político para favorecer la destitución de un Secretario General; cuando tienes una charca de confianza llena de ranas corruptas y tu ejercicio máximo de rendición de cuentas se escenifica en unas simples lágrimas de cocodrilo; cuando presencias atónito cómo el Presidente del Gobierno es llamado a declarar por la presunta financiación ilegal de su partido del que tiene a todos sus tesoreros imputados sin que se vea obligado a dimitir; cuando ves que la justicia, como decía Galeano, sólo muerde a los descalzos mientras ellos siguen en libertad en sus áticos lujosos, dándose chapuzones en yates en altamar o de vacaciones en Baqueira; cuando caes en la cuenta de que son los recortes sanitarios, educativos o dependencia los que han pagado sus bolsos, trajes, confetis de fiestas de cumpleaños, tarjetas black, jaguar, viajes, sueldos millonarios en consejos de administración y sus cuentas en Suiza; o cuando ves cómo ocurren todas esas cosas a la vez pero la portada del periódico es Venezuela… igual no se comprende en toda su amplitud, pero ya sabes que existe un significante que sirve para describirlas de forma natural: la trama.

Habrá que esperar, pero parece que, una vez más, Pablo Iglesias y Podemos han conseguido producir una nueva metáfora para describir una realidad compleja que puede ser entendida con carácter general por los ciudadanos y que el resto de partidos políticos deberán incluir en su argumentarios, bien para asumirla o para refutarla. El tiempo dirá.

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